
Ayer viernes fui feliz. En realidad todos los días soy bastante feliz, no hay nada que me lo impida. Pero ayer lo fui más. Pasé el día entero con mis dos mejores amigas, las de toda la vida, las que saben absolutamente todo sobre mí, las que más me echarán de menos (espero), y a las que más quiero.
También es cierto que llegaron dos horas tarde, sí. Pero ya estoy acostumbrada. Sin embargo esta vez fue por una buena causa. Después de comer en la masía, de recordar absurdas caídas de hace años, de hablar de ovnis y de chicos, y de llorar (de la risa), me regalaron un detalle muy significativo. Casi lloro. Casi. Pero sí me emocioné.
Mataró. No es que sea una playa espectacular, pero la hora que era y la gasolina de la que disponíamos no daba para mucho más. Y toda la tarde allí, en las rocas. Hablar, reír, descansar, mirar el mar, el cielo. Y empezar a extrañar todo eso, aunque aún no me haya marchado. Evidentemente, yo con la cámara en mis manos.
El resto del día fui igual de feliz, porqué no decirlo. Acabé la noche con una copa de vodka negro y lima; y brindamos a mi salud (qué bonito, por fin se va... pero en el fondo la echaremos de menos). Cuando me despedí de mis dos mejores amigas entendí que de verdad me iba; y qué abrazos más largos. No es que sea sentimental (que quizá lo sea), el problema es que mis ojos no están hechos para aguantar muchas lágrimas, y claro, pasa lo que pasa...
Tres días...
sábado, 23 de febrero de 2008
Semana -1. Día 23. La amistad es un tesoro.
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